¿Qué cambió de la Primera Guerra Mundial a la Segunda?

TOM. el Tiempo

En la primera guerra mundial se usaron dirigibles para situar al enemigo.​

Foto: AFP

En la primera guerra mundial se usaron dirigibles para situar al enemigo.​

Hace cien años, los jóvenes que se iban a la guerra les dijeron a sus madres: “No te preocupes mamá, en Navidad estoy de vuelta en casa”. Llegó la Navidad y esos jóvenes bisoños seguían en las trincheras. Pasaron tres años y no habían vuelto; algunos no lo hicieron nunca.

Lo anterior valdría para entender la I Guerra Mundial, la primera guerra “globalizada”, como se dice hoy. Una conflagración a la que los muchachos, franceses, alemanes, británicos… acudieron jubilosos y henchidos del patriotismo exacerbado del que habían sido imbuidos en las escuelas y universidades, un chauvinismo que les decía que el “otro” era el culpable de sus tribulaciones, nacionales, territoriales, e incluso individuales.

Quizás la más acertada descripción de este ambiente prebélico la hará Erich Maria Remarque en Sin novedad en el frente. En el libro, el autor cuestiona los métodos utilizados por los profesores que animaron a los alumnos a enlistarse, describiéndoles la guerra como algo sublime y elevado. La realidad de la supervivencia se impuso de manera terrible:nada era excelso; hacía frío, eran maltratados por los oficiales, morían y el resentimiento contra sus pedagogos será infinito.

La Gran Guerra, como la bautizaron, carecía de un antecedente tan monumental: participaron combatientes de todo el orbe, algunos tan alejados de la génesis del conflicto como Estados Unidos o Japón. Nada fue igual que antes.

Todavía en 1914, la sociedad europea creía en los viejos valores del honor, la nobleza y la caballerosidad, pero había una intuición generalizada de que toda esta visión se acabaría más pronto que tarde, y la Primera Guerra Mundial se encargó de ello.

No obstante, durante la Gran Guerra se dieron episodios que nos hablan de que los combatientes se regían aún por conceptos propios de caballeros medievales. Quizás el más mentado y conocido sería el que se produjo cuando el conocido como Barón Rojo, Von Richtoffen, el as de la aviación alemana, fue derribado por los aliados, quienes luego lo enterraron con honores militares, pese a ser su enemigo.

Era un mundo que estaba cambiando, que daba sus primeros estertores; el liberalismo, la Revolución Industrial y el auge de los movimientos proletarios planteaban un cambio social en el que los “viejos usos” ya no tenían cabida. El clima social fue excelentemente descrito por Joseph Roth en su novela La marcha de Radetzky, en la que el escritor austriaco describe la inexorable muerte de aquel mundo.

Primera guerra tecnológica

La Primera Guerra Mundial inauguró el uso de la tecnología moderna para matar más y mejor que el enemigo. La utilización de químicos, como el gas mostaza, es un ejemplo palmario.

Para la Navidad de 1914 a 1915, el frente se estabilizó, los soldados empezaron a cavar trincheras y a intentar mantener sus posiciones como táctica de guerra principal. Como no se podía llegar hasta el enemigo y buscar el cuerpo a cuerpo, se optó por bombardearle.

Para ello, era necesario saber su posición exacta, y nada mejor que los aviones o los globos aerostáticos para localizarlos. Fue la primera vez que se utilizó bélicamente la aviación, una tecnología que hasta ese momento era solo de aplicación civil.

Sin embargo, en ningún caso se atacó a la población civil, como se haría durante la Segunda Guerra.

Fue la época de los primeros tanques, que favorecían el acercamiento al enemigo bajo la protección de planchas de metal que blindaban de las balas y de las alambradas.

Esta novedosa arma de guerra fue usada por los británicos, que les pintaban en el techo la palabra tank, para hacerles creer a los alemanes que se trataba de tanques de agua o de algún otro líquido inofensivo.

Como la guerra se eternizaba en las trincheras, la tecnología se puso al servicio de la balística. Así se empezaron a generalizar los bombardeos sobre el enemigo con obuses y enormes cañones, como el archiconocido Gran Bertha, de 43.000 kilos, que lanzaba proyectiles de 800 kilos a más de 120 kilómetros, lo que les permitió a los alemanes bombardear París.

Como la guerra también se hacía en el mar y como los alemanes no podían pensar en competir con la Royal Navy británica en ese medio, de igual a igual, centraron sus esfuerzos navales en la lucha submarina.

Los submarinos teutones, conocidos como U-Boot, fueron responsables del hundimiento de toneladas de buques aliados, y su acción más destacada, tras la entrada de Estados Unidos en la guerra, fue el hundimiento del famoso trasatlántico Lusitania.

Cabe concluir que la Primera Guerra Mundial sentó las bases de la preminencia tecnológica en el escenario bélico de manera ineludible, limitando cada vez más el contacto directo con el enemigo.

El viejo ‘arte’ de la guerra cada vez lo fue menos, y la generosidad y la valentía del combatiente dejaba de ser transcendental para el alto mando, más interesado en la capacidad letal de los avances tecnológicos.

A comienzos de 1919, los vencedores de la Primera Guerra se encontraron en Versalles. Eran las cabezas de un nuevo mundo. Había desaparecido el imperio austro-húngaro, el imperio turco se disgregaba y Rusia asentaba su revolución.

La meta de una paz duradera era apenas una ilusión, pues la vocación internacionalista de la Revolución Rusa auguraba un futuro incierto.

Cuando estalló la Guerra Civil española, en el verano de 1936, fascismo y comunismo se enfrentaron en tierras hispanas, para desgracia de los españoles. Dos ideologías, que poco respeto tenían por la vida humana, utilizaron la península como campo de pruebas de las nuevas tácticas y de las armas tecnológicamente más avanzadas de la época.

Los bombardeos aéreos masivos sobre ciudades con el solo objetivo de minar la moral adversaria marcarán el camino para su pródiga utilización durante la inminente II Guerra Mundial. El Guernica, de Picasso, plasma este tipo de táctica de guerra, a todas luces amoral.

Las nuevas tácticas

En la Segunda Guerra Mundial, la vieja forma de hacer la guerra será barrida por la hordas hitlerianas y stalinistas, que sin cargo de conciencia implican a la población civil en la contienda, con bombardeos sobre civiles inermes.

Es una sociedad distinta. Stalin está en el poder con puño de hierro, y Hitler y Mussolini son incuestionados en sus países. Es el triunfo de una clase media sin ataduras morales que no se siente garante del honor de sus antepasados.

Las tácticas de guerra han cambiado: los alemanes saben que no les puede pasar lo mismo que en la anterior guerra, en la que a los pocos meses de abrirse las hostilidades se encontraron atrapados en trincheras.

En el periodo de entreguerras, ellos desarrollaron el arma acorazada y la aviación militar. Nació la blitzkrieg (guerra relámpago), el ataque sin aviso y el acometer con todo el poderío militar posible.

El exterminio de una parte de la población de los territorios ocupados por motivos raciales había sido impensable en 1914.

Al terminar la guerra, en 1945, con el colofón de la bomba atómica, el mundo descubrió horrorizado los crímenes cometidos y pidió responsabilidades, algo que no se hizo al finalizar la I Guerra.

Los juicios de Nuremberg sentaron las bases de las que hoy se conocen como “responsabilidades por delitos de lesa humanidad”, algo novedoso.

Nunca antes una guerra se había considerado inmoral ni por los vencedores ni por los vencidos. Se juzgó en Nuremberg a asesinos viles, no a caballeros. Esa es la diferencia sustancial entre la Primera y la Segunda Guerra.

Acerca del autor

José Ángel Hernández es Ph. D. en historia contemporánea. Analista internacional y especialista en el mundo islámico.
Actualmente es profesor en la Universidad de La Sabana.

JOSÉ ÁNGEL HERNÁNDEZ

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Acerca de kenyam B

Soy Administradora Pública.dedicada a la proyección de Políticas Públicas y desarrollo social en Municipios. Creo en la participación Ciudadana como expresión para el mejoramiento, vigilancia y control de los recursos en la administración Pública. Entiendo que los ciudadanos somos responsables del destino de nuestros pueblos, cuando no tomamos conciencia en la elección de nuestros representantes ante cualquier cargo de elección popular.

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