El Ministerio de Cultura publica en su página web una selección de cuentos y fragmentos de novelas cortas escritos por los asistentes a los talleres vinculados a la Red de Escritura Creativa – RELATA y a los talleres virtuales, promovidos por el Ministerio de Cultura a través de esta Red.

Sobre el autor

Diógenes Díaz Carabalí nació en el municipio de La Plata, Huila en 1.954. Es escritor y administrador de empresas. Fue ganador en dos ocasiones del Premio departamental de literatura del Huila y finalista del Premio nacional de novela José Eustasio Rivera en 2.008.
La novela corta, La ruta de los trolleys es producto del taller de escrituras creativas RELATA de Cali, dictado por el escritor Julio César Londoño, que ofrece el Ministerio de Cultura y la caja de compensación COMFANDI.

La ruta de los trolleys

A Gilberto Vieira le gustaba la buena vida aunque fuera comunista. Cuando lo conocí ya estaba viejo, y tenía una calva pronunciada, no vivía en el Restrepo como la mayoría de los camaradas, sino en el norte, en una espaciosa casa en Teusaquillo bajando dos cuadras de La Caracas.

En ese tiempo los militantes más viejos contaban anécdotas heroicas acerca del camarada, difíciles de encontrar ahora en las batallas más radicales. En las reuniones cansaban con tanto repetir acontecimientos que habían perdido todo significado, por ejemplo cuando iban con Gilberto Vieira en el trolebús a Las Ferias y regresaban al Obrero, o recorrían Kennedy echando discursos y repartiendo propaganda de paros contra el alza del transporte, junto a Maruja Torres, la madre de Teresa, pintora como su madre, graduada en Bellas Artes, y quien nunca pudo saber quién era su padre, un secreto que Maruja Torres guardó hasta la muerte. Solo lo supo después del fallecimiento del camarada Gilberto Vieira, porque tampoco Teresa buscó descubrir la identidad de su progenitor para evitarse decepciones, nos dijo alguna vez cuando esbozábamos el tema.

La muerte de Maruja Torres ocurrió en la toma del Palacio de Justicia, le tocó morir sola en el espacioso ambiente de una habitación, juzgada como subversiva y criminal sin los amigos de siempre, lo que hubiera impedido a Gilberto Vieira, de haber tenido la intención, pronunciar el discurso central del Primero de mayo en la Plaza de Bolívar.

Con Teresa Torres nos conocimos en la Nacional. De rostro expresivo, ojos redondos y profundos como ave de rapiña —llevaba unas gafas claras—, que paseaba sobre las figuras amorfas de sus cuadros, lela permanecía observando su exposición de lo que llamaba nuevo arte, y de pronto interrumpía para comparar sus logros con el herrumbroso aspecto de los muros que contrastaban caprichosos con los marcos imitación madera que sostenían los lienzos. Por momentos Teresa bostezaba ante la monotonía de ver que nadie preguntaba por el precio, nadie proponía un negocio y lo más seguro es que iba a blanquearse como todos los expositores.

Detenida junto a la puerta, vestida con un traje rojo muy ajustado, unas zapatillas de hule de variados colores y una chaquetilla de cuero parecía indiferente a que entraran nuevos visitantes. Teresa ni los invitaba ni los rechazaba. Evitaba saludar, como si fuera una estrella y un deber de los espectadores acudir ante su invitación hecha con papelitos en mimeógrafo, que un acomedido auxiliar de la sala repartió días atrás en la entrada de la universidad y los paraderos del Trolley. Hasta en eso se notaba la sencillez de la naciente empresa, imposible conseguir mercado que diera compensación con un precio razonable a cada pintura cargada de luz y de color, tan brillante como el rostro de la artista carente de maquillaje.

Sobre la cabeza Teresa portaba una pequeña boina a lo Neruda, adornada con una diminuta estrella de cinco puntas que en ese momento nos hizo pensar en una exposición de La Juventud, lo único que le faltaba para completar su indumentaria era un pincel y la paleta, y eso podían adivinar que se trataba de una artista, de una pintora con muchas ilusiones, pero sin fama.

—¿Les gusta? —nos dijo. Se había acercado como un gato, como su gato Sagrado de Birmania que dormía en el sofá de su casa, sigiloso tras su presa, y nos bañó con el fulgor de su mirada de azabache, resignada y pidiendo auxilio para que adquiriéramos sus cuadros, que compensáramos los gastos, por lo menos fue lo que entendimos. En particular mi impresión, y cuando señalé “La Anarquía”, sabiendo su precio, con la intención de dejar en su bolso mis ahorros de muchos meses, del dinero que enviaban mis padres, el hombre calvo que no habíamos identificado y observaba otra pintura, avanzó hasta ponerse a nuestra espalda y respirándonos en la nuca dijo,

—¡Es mío, joven!, —a mí, en particular, me hizo sentir derrotado, y provocó que los ojos de Teresa huyeran de los míos.

A pesar de que el anciano no pidió rebaja, y antes de que Teresa le dijera el precio, estaba desdoblando los billetes recién retirados del banco, que guardaba en una voluminosa billetera.

Esa tarde nos marchamos con Teresa cogidos de la mano. Los amigos se quedaron en la sala sin programa, divagando en los cuadros con rasgos de pastel, como un hueso duro para los visitantes. Caminamos calle arriba por la Veintiséis, con intención de tomar el trolebús en la Caracas.
—… es Gilberto Viera. El amigo de mi madre… como si fuera mi padre… compró el cuadro, hombre. No lo hizo porque le gustara; igual iba a comprarlo —dijo mientras se agarraba de mi brazo enterrándome las uñas.
—Sí, lo sé. Lo conozco

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Acerca de kenyam B

Soy Administradora Pública.dedicada a la proyección de Políticas Públicas y desarrollo social en Municipios. Creo en la participación Ciudadana como expresión para el mejoramiento, vigilancia y control de los recursos en la administración Pública. Entiendo que los ciudadanos somos responsables del destino de nuestros pueblos, cuando no tomamos conciencia en la elección de nuestros representantes ante cualquier cargo de elección popular.

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