La evolución del enfoque de género

En las décadas de los cincuenta y sesenta, las políticas de desarrollo gravitaban sobre el objetivo del crecimiento
económico, a través del ahorro y la acumulación de capital. A las mujeres se las percibía como benefi ciarias
pasivas del desarrollo y el objetivo era mejorar su bienestar y el de sus familias convirtiéndolas en mejores madres.
En los años setenta, se comenzó a cuestionar el modelo de desarrollo por sus limitados resultados en términos de
bienestar, y se abogó por otorgar mayor atención a las necesidades básicas de la población más vulnerable
Este cuestionamiento del paradigma de desarrollo dominante dio lugar a diversas propuestas doctrinales, cuyo
sustrato común era reclamar una mayor incorporación de las mujeres al proceso de desarrollo. Este planteamiento,
conocido como MED (Mujeres en el Desarrollo), considera que el principal problema es la exclusión de las mujeres
del proceso de desarrollo, pues con ello se están desperdiciando la mitad de los recursos humanos productivos.
La estrategia propuesta es, por consiguiente, integrar a las mujeres en los procesos vigentes de desarrollo, aunque
sin cuestionar la esencia de los mismos.

El énfasis está puesto en el papel productivo de las mujeres, entendiendo su subordinación por su exclusión del mercado. Se desarrollan así acciones destinadas a mejorar la productividad y la generación de ingresos de las mujeres (vistas de manera aislada), pero desde su rol tradicional, en ámbitos como la salud, la alimentación, y el cuidado de la familia. Como consecuencia de lo anterior,

se aumentó la carga de trabajo de las mujeres. El gran aporte del enfoque MED ha sido situar el tema de las mujeres en las
agendas de desarrollo. Sin embargo, su gran carencia ha sido la poca importancia otorgada a los aspectos
culturales, históricos, psicológicos de las relaciones entre hombres y mujeres. Hay una incorporación de las mujeres
en las estrategias de desarrollo, pero sin una transformación en las relaciones de poder con los hombres.
A finales de la ochenta se hace cada vez más evidente que la estrategia MED, basada en incorporar componentes
específi cos “de mujer” en los proyectos de desarrollo, era insufi ciente para terminar con la desigualdad de las
mujeres respecto a los hombres.
En este tiempo se venía gestando todo un cambio conceptual dado por la adopción del término género, que ya
para la década de los setenta empezaba a difundirse de manera más amplia. Este concepto viene a nombrar
una construcción social existente en la que se reconoce que la diferencia hombre/ mujer no sólo es biológica o de características culturales, sociales, económicas, simbólicas, de normas y valores que atribuyen las sociedades a las mujeres y a los hombres.

A partir de este cambio conceptual nace el enfoque GED (Género en el Desarrollo), que plantea que el problema,
más que la exclusión de las mujeres – como lo plantea el enfoque MED- son las relaciones desiguales de poder y
las estructuras que producen esa desigualdad, y que impiden un desarrollo en condiciones de equidad. El énfasis
se pone en las relaciones de poder entre hombres y mujeres y en la transformación, no solo de las condiciones de
vida de las mujeres, sino también de su posición en la sociedad.

El paradigma de desarrollo humano, al establecer el bienestar humano como objetivo central del desarrollo,
abre muchas posibilidades a la transformación de las relaciones de género y a la mejora de la condición de las
mujeres, posibilidades que una visión economicista del desarrollo no permitía. En 1995, PNUD dio un paso defi nitivo
al señalar en el Informe sobre Desarrollo Humano, titulado Género y Desarrollo Humano, que “sólo es posible hablar
de verdadero desarrollo cuando todos los seres humanos, mujeres y hombres, tienen la posibilidad de disfrutar de
los mismos derechos y opciones”. En este Informe se introducen dos nuevos índices: el Índice de Desarrollo relativo
al Género (IDG) que ajusta el IDH en las disparidades de género y el Índice de Potenciación de Género (IPG) que
intenta evaluar el poder político y económico comparado de hombres y mujeres. Estos indicadores constituyen
valiosos aportes del PNUD tanto al análisis de género, como a la visibilidad de la problemática de las mujeres a
nivel mundial.
En el contexto de la IV Conferencia Mundial sobre la Mujer, celebrada en Beijing en 1995, el PNUD adopta el
enfoque GED, y asume la necesidad de defi nir, con la activa participación de las mujeres, un nuevo modelo
de desarrollo que subvierta las actuales relaciones de poder basadas en la subordinación de las mujeres. Para
lograr este objetivo adopta dos estrategias básicas: el empoderamiento de las mujeres y la transversalización de
género.

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Acerca de kenyam B

Soy Administradora Pública.dedicada a la proyección de Políticas Públicas y desarrollo social en Municipios. Creo en la participación Ciudadana como expresión para el mejoramiento, vigilancia y control de los recursos en la administración Pública. Entiendo que los ciudadanos somos responsables del destino de nuestros pueblos, cuando no tomamos conciencia en la elección de nuestros representantes ante cualquier cargo de elección popular.

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