TOMADO EL espectador .

En Armero Guayabal muy pocos quieren hablar de la tragedia. “¿Otra vez vienen a entrevistarnos? ¿Qué quiere que le diga… que vivimos en la absoluta pobreza, que nos abandonaron?”, dice al bajarse de su bicicleta Guillermo Montoya, un hombre de pelo cano sobreviviente de la erupción del volcán Arenas que hoy hace 25 años causó la muerte de 23.000 personas y borró literalmente del mapa al municipio.

Se siente decepcionado porque todos los años, a partir de ocurrido el desastre, la gente recuerda, se llena de pesar y hay actos de conmemoración que no pasan de promesas políticas pues, en cuestión de días, Armero y sus víctimas vuelven a vivir su miseria en el olvido hasta que llegue el siguiente noviembre.

Armero era la segunda ciudad más importante del Tolima, con una economía envidiable, con industrias, fábricas, con gente de mucho empuje. Hasta que el 13 de noviembre de 1985, después de insistentes pero desoídas alertas del entonces alcalde, algún congresista comprometido con la región y científicos de distintas áreas, llegó el rugido en lo alto de la montaña. La masa incandescente que salía de su cráter convirtió el glaciar en 100 millones de metros cúbicos de lodo que a velocidad de tranvía descendió por el río Lagunilla, desbordó su cauce y ahogó al municipio.

Murieron los amigos de Guillermo. También sus no amigos. Se quedó sin parientes y paisanos  e inundado —como el pueblo— por la tragedia.

“Caía ceniza, el cielo estaba gris y llovía con arena. Como en la misa el padre Osorio dijo que no había de qué preocuparse, me acosté tranquila. Dormí profunda, pero me despertó el ruido como de un tren cargado, las tejas sonaban, la tierra se movía y la gente gritaba”, recuerda también Cecilia Merchán, quien se salvó gracias a que en medio de la confusión escuchó la voz de una vecina dándoles órdenes:

— “Salga, que se vino la avalancha”.

Cecilia y sus dos hijos corrieron hacia una loma, desde donde alcanzaron a apreciar cómo era arrasada su casa. Silencio. Asombro. Desconcierto. De un momento para otro todo empezaron los gritos desesperados como si un radio hubiese sido activado a gran volumen.

“¡Auxilio!”, gritaba su vecina Marta, hundida entre el lodo y atrapada entre dos paredes. Apenas se veía su cabeza. Pese a los esfuerzos de los socorristas no la pudieron sacar. Murió horas después, acompañada hasta el último respiro por su esposo, quien tuvo que resignarse a mirarla con la misma impotencia con la que el país veía morir en situaciones semejantes a Omayra, aquella niña que se convirtió en símbolo de la tragedia.

Para salir de entre los escombros, Cecilia y sus hijos pasaron por encima de los muertos. Sólo veían cuerpos enlodados, quemados o destrozados; oían los lamentos de los ancianos, los chillidos de los niños buscando a sus padres, los alaridos angustiosos de los perros y los bramidos del ganado.

Tiempo después Cecilia regresó a Armero, tras una temporada en Bogotá, porque decidió pasar allí el resto de sus días. Pero no está ya en el mismo pueblo del desastre, sino en uno que se llama Armero Guayabal, bautizado en honor al municipio ahogado por el Ruiz y vecino de aquél. Vive en la pobreza, tiene 60 años y hace oficios diferentes para ganarse la vida. No sabe qué es peor: si haber muerto allí o haber vivido para seguir con la tragedia.

Armero Guayabal era el primer corregimiento de Armero antes de la avalancha. Apenas tenía 5 mil habitantes, pero al ocurrir el evento muchos sobrevivientes se establecieron allí. Hoy tiene 13.800 pobladores, que viven en 17 veredas, un corregimiento y 25 barrios. Con las donaciones de Resurgir, se construyeron barrios como El Suizo, Bávaro, El Minuto de Dios, Bosque Popular y Carolina. Existen barrios subnormales como La Esperanza, El Triunfo, La Victoria y La Florida.

Como si no fuera poco con el recuerdo del horror y con el consecuente abandono estatal —que según los lugareños en realidad viene desde mucho tiempo atrás y fue corresponsable de la tragedia por no impulsar el oportuno desalojo del pueblo— ahora los armeritas tienen otro motivo de dolor: el debate sobre el futuro que deben tener aquellas tierras.

El anhelo de Gustavo Prada, líder de la Corporación Casa Armerita y una víctima más, es que se reconstruya Armero. Otros, especialmente algunos alcaldes, quieren que sobre las ruinas de Armero se consolide el Parque Temático a la Vida, el cual pretenden convertir en sitio turístico.

“Ellos quieren cobrar por la entrada al lugar, pero no lo vamos a permitir, no podemos aceptar que le saquen plata a nuestra tierra, a nuestros muertos. Con esa millonaria inversión podrían reconstruir el pueblo”, sostiene Prada.

Además lamenta las pérdidas de donaciones en especie y dinero del Fondo de Reconstrucción, Resurgir, que nunca fueron aclaradas por las autoridades. “Si no hubieran robado, el futuro de nosotros hubiera sido otro”, dice.

Según el alcalde de Armero Guayabal, Gustavo Quiñones, Resurgir carnetizó a 32 mil damnificados, pese a que se conocía que en la población había solamente 30 mil habitantes y que 3 mil de ellos se salvaron de la avalancha. Cuarenta mil personas se presentaron a pedir los auxilios.

La realidad de Armero Guayabal es difícil. Sus problemas financieros llevaron a que entrara en Ley 550 —de intervención económica—, la malla vial está acabada, la gente se queja de una educación frágil, el servicio de salud escaso y los servicios públicos poco funcionales.

Sobre todos estos temas habrá hoy reclamos al presidente Juan Manuel Santos, quien presidirá un consejo de gobierno en el municipio. Le pedirán que la Nación asuma la carga pensional por $1.500 millones, para que el municipio se libere de dicha responsabilidad y pueda hacer más inversión social. “El municipio no tiene cómo hacer obras”, afirma el Alcalde.

Armero Guayabal tiene un área de 452 km cuadrados, de los cuales el 40% está dedicada al ganado; otro 40% es agrícola con cultivos de algodón, maíz, arroz y maní, y en el 20% de área de ladera restante se cultiva café.

Esta es la única opción de empleo, que es informal, temporal, sin prestaciones de ley, y se da solamente en épocas de cosecha, pero pasada ésta la gente se queda sin nada que hacer, porque no hay industrias.

También se pedirá auxilio para la construcción de la plaza de mercado y la adquisición de una finca en la vereda Potosí, de 150 hectáreas, para crear un proyecto agropecuario y mejoramiento de la calidad de vida de las Familias en Acción.

La administración ha ofrecido a Armero Guayabal como una zona industrial: “Hemos determinado exonerar de impuestos a empresas que vengan hasta por 15 años, pero nadie ha llegado a vincularse, a pesar de que estamos en una zona totalmente libre de subversión, con vías, sobre la carretera Panamericana y en el norte del Tolima”, asegura.

Los armeritas esperan que, a diferencia de lo ocurrido hace 25 años, los gobiernos central y departamental les crean cuando dicen que el municipio está en peligro, esta vez, por los problemas sociales derivados del abandono estatal.

La tumba de Omayra

Alrededor de la tumba de Omayra Sánchez Garzón, la niña de 13 años que se convirtió en un símbolo de la tragedia de Armero, cientos de personas han dejado rosarios y placas donde se leen mensajes de agradecimiento a la menor, por los milagros y favores recibidos.

La sepultura de la niña es ahora un lugar de peregrinación. Colombianos y extranjeros llegan al lugar creyendo que es una santa y elevan sus oraciones haciendo diferentes peticiones.

Omayra estuvo tres días atrapada en el lodo, y aunque los socorristas hicieron todo lo posible por ayudarla, no lograron salvarle la vida, pues para sacarla necesitaban amputarle las piernas y no tenían los medios.

La única opción fue dejarla morir. Omayra cantaba y reía, mientras muchas personas se acercaban a acompañarla. Lo único que pensaba era en volver al colegio.

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Acerca de kenyam B

Soy Administradora Pública.dedicada a la proyección de Políticas Públicas y desarrollo social en Municipios. Creo en la participación Ciudadana como expresión para el mejoramiento, vigilancia y control de los recursos en la administración Pública. Entiendo que los ciudadanos somos responsables del destino de nuestros pueblos, cuando no tomamos conciencia en la elección de nuestros representantes ante cualquier cargo de elección popular.

Un comentario »

  1. las artes dice:

    “Y de esta manera ponerle punto final a esta nueva tragedia que por 25 años han tenido que padecer todas las familias que hoy no pueden disfrutar sus días de vejez con dignidad”, afirmó Lozano Ramírez.

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